Micropoder

Encuestas

¿A que crees que se debe la poca participación del minoritario en la toma de decisiones de la empresa de la que es accionista?

Falta de una regulación legal adecuada que fomente la participación. - 0%
Todavía no existe la tecnología adecuada para que sea de otra manera. - 0%
Falta de voluntad de la empresa o de sus directivos. - 0%
Desinformación atribuible a los medios de comunicación especializados. - 0%
Deficiencias del movimiento asociativo de accionistas minoritarios. - 50%
Simple falta de interés de los accionistas. - 50%
Otra. - 0%

Votos totales: 2


Organizados y preparados para mandar
e-Capitalismo
Lunes, 23 de Agosto de 2010 16:50
Escrito por Javier Cremades
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¿Qué fuerza singular puede hacer que Tyco Internacional procure tener emisiones más limpias, inspirar a PepsiCo. para el estudio del impacto del SIDA en África, o conseguir que Merck&Co. publique sus intenciones de elaborar píldoras anticonceptivas? La respuesta es: los accionistas. En Estado Unidos, durante los últimos años, las propuestas para las Juntas Generales elaboradas por los accionistas, organizados alrededor de plataformas de Internet, se han incrementado un 20% cada año.

 

Los accionistas se sirven de la red para organizarse en función de sus intereses y ha creado una nueva forma de activismo accionarial. Las plataformas se crean para defender sus intereses en una compañía o en varias, utilizando recursos comunes.

 

Estas nuevas organizaciones, estos nuevos activismos se han organizado en bastantes ocasiones entorno a la defensa de intereses más amplios, no circunscritos a una particular decisión de una corporación. Es el caso de la defensa del medio ambiente (ceres.org), de la reputación o acción social (socialfunds.com, asyousow.org – “utilizando los mercados, el apalancamiento de los accionistas, estrategias legales innovadoras,… para crear una sociedad social y medioambientalmente justa” -, socialinvest.org), o de la investigación independiente para accionistas (irrc.org).

 

Podríamos de afirmar que el activismo accionarial es cada vez más una estrategia que obtiene resultados. Con ella, un creciente número de grupos de interés accede a los órganos de gobierno de las sociedades y reclama, desde dentro, otras políticas o llama la atención sobre la actividad de las propias compañías. En España, esta práctica es poco frecuente todavía. Las organizaciones Setem o Amigos de la Tierra son algunos de los escasos ejemplos de cómo utilizar las juntas de accionistas -y su impacto mediático- para denunciar la actividad de algunas empresas. Pero el activismo accionarial no es sólo una estrategia de presión o de denuncia de las ONG’s. Nuevos accionistas, organizados o no, pero más plurales, más pequeños y más diversos componen una base accionarial de más de 8 millones de personas en España. La titularidad sobre acciones ha crecido incomparablemente más que otras formas de propiedad.

 

La posesión masiva de acciones en manos de ciudadanos conscientes y críticos abre posibilidades inéditas de influencia política. Consumidores exigentes y accionistas lúcidos pueden –juntos- modificar el rumbo de muchas sociedades en alianza con un liderazgo empresarial más comprometido socialmente. Pero el problema de fondo sigue siendo cómo configurar en el accionista una voluntad política capaz de dirigir o condicionar la voluntad económica de las corporaciones. Cabe preguntarse si el pequeño accionista será capaz de formarse una opinión y hacerla valer en las juntas o si simplemente esperará pasivo el dividendo. Y, ¿qué papel van a jugar las nuevas tecnologías y el derecho al voto electrónico en este nuevo escenario?

 

Después de la llegada de la Ley de Transparencia se construyó un camino lleno de posibilidades en el cuál estaban la transparencia, la tecnología y responsabilidad como nuestros mejores guías, no sólo para la reputación corporativa o el buen gobierno, sino para la incorporación de prácticas de gestión y decisión basadas en los derechos democráticos de accionistas e inversores. Las nuevas tecnologías facilitarán que las empresas atraigan a accionistas de espacios que exceden a sus ámbitos geográficos y les permitirá no depender tanto psicológicamente de su domicilio social, fomentando el acercamiento a unos accionistas cada vez más globales.

 
El Micropoder frente a las dictaduras.
Democracia Interactiva
Lunes, 26 de Julio de 2010 16:47
Escrito por Javier Cremades
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Guillermo Fariñas es el editor de la agencia de prensa independiente Cubanacán de Santa Clara, en la Provincia de Villa Clara. Su agencia reúne a más de quince periodistas independientes que informan sobre violaciones de derechos humanos y otros asuntos prohibidos en los medios oficiales Cubanos.  Fue encarcelado bajo cargos amañados, y condenado a seis años y 10 meses de prisión. Fariñas fue puesto en libertad condicional 14 meses después, en precario estado de salud debido a las huelgas de hambre que protagonizó en la cárcel, e incluso en el hospital, donde lo internaron para que no muriera. Desde que salió en grave estado de salud con una "licencia extrapenal" que pendía como una espada sobre su cabeza, Guillermo necesitaba una silla de ruedas para desplazarse, imposibilitado como estaba para caminar.

Desde entonces, el periodista había podido enviar sus informaciones a los medios extranjeros a través de un cibercafé situado en su ciudad, pero un día, las autoridades le impidieron el acceso a este medio, el único a su disposición. Guillermo Fariñas comenzó entonces una huelga de hambre demandando a las autoridades cubanas el acceso a Internet para todos los ciudadanos cubanos, incluidos los miembros de la oposición.

El derecho a la libertad de expresión no es absoluto en ningún país, ya que los gobiernos siempre prohíben ciertos tipos de expresiones. Bajo la ley internacional, las restricciones a la libertad de expresión tienen que pasar una triple prueba: deben estar regidas por la ley, deben perseguir un objetivo reconocido como legítimo, y deben ser necesarias y proporcionales para cumplir dicho objetivo. Entre los objetivos considerados legítimos están la protección de los derechos y la reputación de otras personas (prevención de la difamación), y la protección de la seguridad nacional, el orden público y la salud. Se reconoce generalmente que las restricciones deben ser la excepción y la libertad de expresión la regla. Pero estas condiciones distan mucho de la realidad.

Los regímenes no democráticos tienen verdadero temor del refortalecimiento de la libertad de expresión producido por la interactividad de las tecnologías digitales. El micropoder de los ciudadanos es más difícil de controlar que los grupos tradicionales de oposición. Gracias a Internet, cada ciudadano es un editor en potencia, por lo que resulta complicado vigilar el flujo de información. Para controlar la Red, los regímenes represivos han encontrado dos soluciones.

La primera, la ya comentada de la dictadura cubana, es prohibir el acceso a la web a la mayoría de la población. Pero Cuba y los demás países que mantienen esta política, como Corea del Norte, se van dando cuenta de que el desarrollo económico que necesitan pasa por el acceso a las nuevas tecnologías digitales.

La segunda opción, el 'método chino', es por ello el más extendido entre países no democráticos como Arabia Saudí o Singapur. Tradicionalmente, el régimen comunista chino se ha basado en la distribución de la información dependiendo del rango burocrático. Según el sinólogo Tony Saich, "bajo un sistema semejante, la verdadera base del intercambio son los secretos y el acceso privilegiado a la información". Ahora el gobierno chino está intentando beneficiarse de las ventajas económicas de Internet sin permitir que se acceda a su complicado sistema de control político. Según explica Nye, la manera de conseguirlo es autorizando sólo cuatro redes de acceso internacional, bloqueando los sitios web y prohibiendo a los sitios web chinos que difundan noticias procedentes de sitios web extranjeros. Al mismo tiempo, las autoridades favorecen igualmente la utilización de la Red, y se sirven de ella como soporte de propaganda. Así, durante la crisis posterior a la interceptación de un avión de vigilancia norteamericano en cielo chino, el gobierno aprovechó la web para endurecer la respuesta nacionalista de los ciudadanos.

Este 'método chino', pasa también por bloquear miles de publicaciones digitales instalando filtros para hacerlos inaccesibles. También se instalan programas que permiten leer los mensajes de correo electrónico, buscando palabras clave que sirvan para detener a los 'ciberdisidentes'. Finalmente, los Estados represivos utilizan cada vez más los servicios de los hackers, que crean virus y programas informáticos de todo tipo, para bloquear las publicaciones indeseables.

El primer ciberdisidente chino condenado, Huang Qi había creado la página www.6-4tianwang.com, en la que se podían leer artículos reclamando a las autoridades chinas una explicación veraz sobre los sucesos de 1989, calificados por Pekín como de "contrarrevolucionarios". También reclamaba datos sobre cientos de estudiantes desaparecidos durante esos episodios nefastos. El Tribunal Intermedio del Pueblo de Pekín sentenció a penas de entre ocho y diez años de cárcel por subversión a él y otros tres activistas que llevaban a cabo sus actividades a través de Internet.

Según 'Reporteros Sin Fronteros" China es de lejos la mayor cárcel del mundo para los usuarios de la Red, seguida de Vietnam, Cuba, las Maldivas y Siria. Las condenas infligidas a esos individuos, por el simple hecho de expresarse en sitios o foros de discusión, llegan hasta 15 años de cárcel.

Pero, conforme los estados no democráticos se van desarrollando, se les plantea también la necesidad de liberalizar la comunicación en el entorno digital. Mucho más que las presiones ejercidas por las organizaciones cívicas, movidas por las denuncias de los ciberdisidentes, es la necesidad de avanzar en el progreso económico lo que está aflojando los controles de la libertad de expresión. El proceso de la globalización va extendiendo la economía basada en la información por todo el mundo, pero el nuevo sistema exige que esa información sea ampliamente compartida y que goce de libre circulación para obtener los máximos beneficios.

Un caso relevante de esta evolución es el de Singapur, que se enfrenta al dilema de reestructurar su sistema educativo para fomentar la creatividad individual que exige una economía de la información, al tiempo que mantiene una férrea política de control y censura en Internet. Porque, una de las consecuencias evidentes del surgimiento del micropoder es que los gobiernos pierden parte de su capacidad de control sobre los flujos de información social. Así lo comprobó el ejecutivo indio cuando varios ministros tuvieron que dimitir por las informaciones sobre corrupción difundidos por una página web. Algo que resulta frecuente en las democracias occidentales, empieza a afectar a los gobiernos autoritarios a pesar de sus esfuerzos coercitivos.

En la propia China, las cosas van cambiando. Por ejemplo, hasta hace muy poco, los mapas topográficos detallados, de uso común en otros países, estaban estrictamente clasificados. En la escuela no se enseña a los niños a interpretar un mapa. Pero la expansión de las nuevas tecnologías digitales como Internet y los sistemas de navegación por satélite (como el GPS) están empezando a debilitar el control estatal sobre la cartografía. Los dirigentes chinos se quedaron horrorizados cuando descrubrieron que los usuarios del programa Google Earth podían direccional las imágenes del satélite hacia los edificios del interior de Zhongnanhai, el amurallado cuartel general del Partido Comunista, junto con la latitud y longitud exacta de cada uno. Los mapas chinos jamás habían señalado el emplazamiento.

Según cuenta The Economist, hace años SinoMaps Press, la única entidad cartográfica del país, tenía sólo veinte empleados en su división de mapas digitales. En la actualidad, un considerable número de compañías chinas independientes están desarrollando software para navegación usando el sistema americano GPS, a la vez que cartografían digitalmente el terreno. Por supuesto, las imágenes y las bases de datos deben todavía ser examinados por el gobierno para asegurarse de que no desvelan ningún secreto. Ahora, los programas de navegación digital identifican más edificios gubernamentales que los mapas convencionales, pero todavía no contienen lugares como el cuartel general del partido o el ministerio de Defensa.

Pero, por el momento, la libertad de expresión en China es todavía un privilegio, no un derecho, que sólo se concede a una élite. A pesar de las barreras para tener acceso a los medios de publicación y el peligro inherente en publicar noticias e información política, los miembros de esa élite pueden expresar preocupación y crítica sobre el gobierno con menos miedo al castigo que el resto de los ciudadanos chinos. Esta elite está compuesta por altos funcionarios y líderes del Partido Comunista, las personas que están bajo el patrocinio de aquellos líderes, y, en menor medida, algunos académicos y periodistas. También se incluyen a las personas que forman parte de la que podríamos denominar "élite lingüística", es decir, aquellos que pueden manejarse en otros idiomas, especialmente en inglés. Los sitios web de The Wall Street Journal, New York Times y la CNN son accesibles desde China porque su audiencia en el país se reduce a la insignicante minoría que tiene acceso a Internet además de un buen conocimiento del inglés. En el caso del sitio web de la BBC, en cambio, todas las versiones en distintos idiomas están accesibles, excepto la versión en chino, que está bloqueada.

Es cierto, sin embargo, que las autoridades, han ido reconociendo una libertad de expresión limitada. Pero es porque han advertido que esa libertad limitada permite controlar mejor los problemas sociales. Por un lado, actúa como una válvula de escape para descontentos que rebaja las tensiones polacas. De otra parte, produce la impresión de que en el Partido Comunista Chino se goza de libertad de expresión. También proporciona a las autoridades una forma de monitorizar el estado de ánimo de la población y detectar las debilidades del sistema, manteniendo bajo control a los descontentos.

 
Los usos del micropoder: libertad versus seguridad
Democracia Interactiva
Miércoles, 30 de Junio de 2010 08:35
Escrito por Javier Cremades
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“Pedimos por los combatientes de la Yihad en Falluja y en el resto de Irak, Afganistán, Chechenia, la Península Arábiga... en la herida Palestina, a la que el más inmundo de los humanos lleva ahogando en maldad durante más de 50 años, sin que haya nadie que pueda detenerlo; y de Egipto, en cuyas fronteras nuestros valientes hermanos pasaron a la acción y atacaron un hotel en el que los judíos se reunían y mataron a docenas de ellos como una ofrenda a Alá antes del Ramadán. Pedimos a Alá que no les niegue su recompensa por este logro colosal”. 

Sawt al-Yihad (La Voz de la Yihad), nº 27, octubre 2004.

(Distribuido por la lista de correo electrónico del Global Islamic Media Center)

 

 “Oh hermano Mujahidin para unirte a los grandes campos de entrenamiento no tienes que viajar a otras tierras. Solo en tu casa o con un grupo de hermanos puedes empezar el programa de entrenamiento. Todos vosotros podéis uniros al Campo de Entrenamiento Al-Battar”

Mu’askar Al-Battar, nº 1, enero 2004.

(Distribuido por la lista de correo electrónico del Global Islamic Media Center)

 

Los sucesos de la mañana del 11 de septiembre de 2001 no sólo acabaron con la vida de miles de personas sino que  supusieron el comienzo de una nueva época, marcada por la amenaza del terrorismo global. Este hecho afectó también a la consideración que se tenía de las nuevas tecnologías digitales. Si hasta ese momento muchos las consideraban, con expresión de Ithiel de Sola Pool, las ‘tecnologías de la libertad’ porque facilitaban el acceso de todos a una información independiente  que hacía vacilar a las dictaduras, a partir de entonces muchos descubrieron su potencial para atacar el sistema que las habían hecho posibles. Ciertamente, sin la interactividad de las tecnologías digitales, Al Qaeda no hubiera podido nacer ni organizar coordinadamente ese tipo de atentados. La seguridad empezó a considerarse como un valor, al menos, tan importante como la libertad, lo que repercutió directamente en la manera de entender la libertad de expresión en el ámbito digital.

 

Desde entonces los Estados democráticos han desarrollado una política de control y censura con el propósito de proteger a sus ciudadanos. En octubre de 2001 Estados Unidos aprobó la Patriot Act y un mes más tarde Francia hacía lo propio con la Ley de Seguridad Cotidiana. En ambos casos, se facilitaba la obtención de información de los internautas. Muchas de estas medidas que se presentaban como provisionales han continuado después en vigor. Las nuevas tecnologías de la interactividad colocan a todas las democracias frente a los mismos problemas: proteger a la población de las amenazas para la seguridad física (pedofilia, terrorismo) y jurídica (fraudes, pirateo) en el entorno digital, caracterizado por su apertura y falta de control.

 

Además, en este punto las democracias occidentales han reforzado indirectamente las políticas represivas de los regímenes autoritarios que solamente tendrían que incluir entre los terroristas a cualquiera que amenace la seguridad de sus sistemas políticos. Julien Pain, responsable de Internet y Libertades de “Reporteros sin Fronteras” denunciaba que la situación se ha agravado en estos tres últimos años, con más de sesenta ciberdisidentes entre rejas, y sistemas de censura cada vez más eficaces.

 

Hace tan solo unos meses ha salido a la luz pública un programa denominado en los medios de comunicación como “Terrorist Finance Tracking Program”. Este programa consiste en el seguimiento de las operaciones financieras que tenían como origen o destino el territorio norteamericano, o que pudiesen ser vinculadas a grupos terroristas. La Oficina de Control de Activos extranjeros del Departamento del Tesoro requirió de SWIFT – empresa que proporciona la infraestructura básica para el intercambio en el sistema financiero internacional entre más de 7.800 instituciones financieras de más de 200 países – la cooperación en el seguimiento de dichas operaciones financieras. Este control fue supervisado por un comité establecido por los bancos centrales del G-10.  Desde la Casa Blanca se afirmó que lo ‘abstracto perjudica y que lo concreto beneficia’, asegurando que el programa realmente funciona y que es una muestra del buen hacer del gobierno, del gobierno ‘responsable’, del gobierno que funciona, para concluir que este programa proporciona más seguridad a los ciudadanos americanos y al mundo entero.

 

Las actuaciones de los Estados en esa búsqueda de la seguridad en Internet chocan a veces con la realidad. ¿Es posible controlar la Red? El diseño de Internet, la forma en que se estructuran los datos y distribuyen las comunicaciones, así como los protocolos - los lenguajes de transmisión – forman una arquitectura que proporciona una gran libertad para el flujo de información. Hay quienes piensan que la propia dinámica de los flujos de Internet interpreta las censuras o intercepciones como fallos del sistema, y se mueve para encontrar caminos alternativos para conseguir la transmisión del mensaje. La disposición de la Red como un inmenso magma de nodos interconectados hace que la única censura propiamente dicha sea no estar conectado a ningún nodo, esto es, no tener acceso a Internet. Por tanto, los puntos de acceso se convierten en elementos críticos a la hora de hablar de control en esta esfera. Los servidores de los proveedores de acceso a Internet son los que verdaderamente pueden inclinarse por una libertad total de movimientos o por un control a instancias del poder político. Debido a esta situación, los censores tienen el recurso de desconectar el servidor, de penalizar a los administradores de los servicios o de identificar quién es el origen o el receptor de un mensaje no permitido para su persecución.

 

Los Estados pueden llegar a un control que no evita, sin embargo, en mayoría de los casos, la difusión de los mensajes. La capacidad de control preventivo se diluye por la propia forma de ser de Internet y el poder del Estado se centra en la vigilancia, identificación e investigación de actividades ilegales una vez que han comenzado. En este terreno se ha desatado una batalla tecnológica en la que se enfrentan los deseos de privacidad con las necesidades de seguridad. Una batalla que enfrenta a las tecnologías de encriptación frente a las tecnologías de interceptación y vigilancia. Entre estas últimas podemos recordar, por ejemplo, el programa Carnivore del FBI. Este software, al que más tarde se denominó DCS1000 y que fue sustituido en 2005 por otros programas comerciales, permitió analizar grandes masas de información que circulaba por la Red por medio de palabras clave. Por otro lado, las tecnologías de encriptación posibilitan mantener el anonimato del mensaje y dificultan el seguimiento de las huellas digitales del mismo en su discurrir por Internet.

 

Resulta inevitable que el micropoder de los ciudadanos esté limitado por la competencia con otros poderes, como el estatal. Actualmente, como fruto de la carrera tecnológica, antes descrita, hemos llegado a un punto intermedio. Por un lado,  estamos expuestos al control porque dejamos muchos rastros de nuestra actividad que tienen reflejo en algún punto de la Red. Al mismo tiempo, contamos con instrumentos que nos permiten asegurar el carácter privado de nuestras comunicaciones. El micropoder requiere una constante vigilancia para no romper este delicado equilibrio.

 

 

 

 

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Javier Cremades

“Los poderes clásicos deben aprender a relacionarse con los nuevos participantes en el gran juego de la sociedad. Aquellos que sepan adaptarse, los encontraran como aliados. Los que no perciban el cambio se despertarán, como el Gulliver de Swift, atenazados por la red de infinitos hilos de los insignificantes liliputienses”.